miércoles, 10 de febrero de 2010

Breve historia de los ancianos.

Dos ancianos surcan los mares del olvido. Dos ancianos cuya mayor anécdota fue concebir a tres hijos. Una mujer los ayudó mientras pudo. Una niña les pide a gritos que la socorran.

Ventanales de gran tamaño dejan pasar una inmensa luz celestial, bordeando sus rostros. Han pecado por ignorancia, han pecado por querer ser fuertes.

Una casa soñada por Ivonne, donde sus nietos puedan contar chistes y salir corriendo al oler el sabroso guiso que ella les haría. Un guiso cuyo olor yace en su imaginación.

“Qué no daría yo por tenerlos a mi lado. Por disfrutar al verles la cara de satisfacción por el sabor salado de mí guiso.”

El pensar y los recuerdos. Los ancianos, ricos de espíritu pero sin morada fija. Y qué no daría la soñadora por tenerlos con ella. Por abrazarlos y decirles que todo va a estar bien.

Un lujoso avión de juguete esperaría para ser elevado por sus nietos. Una fantasía de Carlos, el abuelo. Un repertorio de chistes y disparatadas obras para ser representadas por lo pequeños. He ahí un mundo majestuoso y exquisito formado por el bienestar familiar.

“¡Y mis inventos me harán rico!”

El ingenio malogrado por falsas esperanzas se empeña en continuar. Carlos es un genio que no valora su talento, pecado mortal.

Ivonne es la mujer que sueña con el glamour de Chanel y salir de compras con sus nietas, qué privilegio y coquetería. La admiración de todo el que la mira comiendo helado y posando con su linaje a cualquier transeúnte de París.

Sin embargo las ilusiones crean asperezas, y con ellas los desengaños. —Pero aún queda algo—dijo Ivonne a su nieta, a la que ella responde—No, no queda nada, la onerosa vida es un recoveco de traición y desaventurazas.” —No marques sentencia, hijita mía, no me has dejado terminar—la niña con sus grandes ojos, esperando una respuesta que garantizara algún recurso, esperó y con voz soñolienta le dijo—estás tan lejos, casi no te oigo sólo intuyo tu cálido abrazo —.Pero casi ignorando la cosa, con una sonrisa marcada por el infortunio, pero no forzada, dijo Ivonne—Es el amor, no el pasional ni el que se construye forzado por la voluntad, es que se genera detrás de complicaciones, engaños y piruetas; de peleas y reconciliaciones de errores y disculpas. Es la cura de la humanidad, pero ésta parece inmune, no te dejes engañar; es muy fácil, que te lo digo yo, que he ido y he vuelto.

¿Pero es el fin entonces? ¿En el destino y sus piruetas, es un sueño el amor? Preguntó la niña—ésta sólo pensaba en fácil que es hablar de amor, pero lo distinto que era, mientras la borrosa imagen de los ancianos se hacia más ambigua y lejana—Espera, antes de que te vuelva a ver y me dejes confusa, ¡responde!

Soñar como lo hacen los de corazones puros es amar—la sonrisa de Ivonne era inmensa, no había nada de malo en amar, aun cuando el mundo se desplomara era el único motor, el único aferro. Pero la niña quedó intrigada y sólo alcanzó a decir: Si es tan fuerte por qué tan mala racha, sólo digo que el amor es un arma de doble filo, mortal, e hiriente.

Dos sabios ancianos, derivan a su suerte, aun con la esperanza de sus palabras.

Kimberling Longueira